lunes, 10 de junio de 2013
jueves, 14 de febrero de 2013
“LOS CENTROS HISTÓRICOS Y LAS TRANSFORMACIONES URBANAS
por Arq. Andrea Cerletti
La dinámica urbana imprime al desarrollo de la ciudad una impronta que va
conformando, respecto de la urbe original, nuevas centralidades,
interconexiones, desconexiones, sobre explotación de algunas áreas y pérdida de
vitalidad de otras. Todos estos procesos son consecuencia de esa dinámica y
producen efectos sobre los componentes sociales, económicos y culturales. Están presentes en la
conformación territorial y deben ser considerados cuando se estudia la
evolución urbana, la aparición de nuevas centralidades y la redefinición de
roles de las áreas existentes.
Por su parte, los centros históricos cumplen una función local y
extralocal, sus actividades predominantes se van modificando a lo largo de la
historia y por lo tanto, también su rol en la ciudad. Los factores
de contexto son determinantes en esa transformación.
Esto implica hacer un reconocimiento estructural de la problemática para
adaptarse a esas transformaciones y permitir, a través de las acciones directas
e indirectas, acompañar dichos procesos, permitiendo que estas áreas mantengan
su identidad y se adecuen al nuevo rol sin perder vitalidad.
1.
Contexto. Paradojas de la modernidad.
Los avances tecnológicos y la gran dinámica de las comunicaciones han
interconectado nuestro mundo de una manera impensada algunas décadas atrás.
Pero con ellas se han profundizado los efectos de la penetración cultural y la
pérdida de algunos rasgos identitarios. Esto por supuesto, que se agudiza en
los países que se encontraban menos preparados para absorberlos.
Los procesos económicos mundiales se han fortalecido en mecanismos que
potencian a aquellos países más desarrollados y marginan cada vez más a los que
no lo son, y la brecha es cada vez más profunda. La alta concentración de
capitales y el poder de los estamentos financieros para la generación de
políticas a nivel mundial han dejado su impronta y, a pesar de no mostrar su
eficacia, están cada vez más consolidados. El mismo proceso, se da al interior
de las regiones continentales y también al interior de los países.
La última crisis económica mundial no hizo más que evidenciar el efecto
profundo que ambos procesos, el de la globalización y el de las diferencias
económicas entre países -incluidas regiones
continentales-, generan en aquellas sociedades más vulnerables.
Los efectos de todo este proceso que ha comenzado hace varias décadas pero
que sigue en expansión, se manifiestan en todos los órdenes y están caracterizados
por la expulsión masiva de población, del sistema. La opulencia desmesurada y
la pobreza extrema son las dos caras de una misma moneda. La marginación, la
violencia, la inseguridad, el enfrentamiento, la intolerancia, la indiferencia,
el enajenamiento aparecen como síntomas y en esto, sólo en esto, ya no hay
diferencias entre quienes viven en países desarrollados o en países pobres.
Los efectos sociales y culturales de este proceso mundial aparecen en
nuestras ciudades siguiendo las mismas lógicas, pero con procesos cada vez más acelerados.
Los desplazamientos de población no reconocen fronteras ni barreras legales,
pues imperan las necesidades básicas ante todo.
El crecimiento demográfico en ciudades por migración interna, que son eco
de una tendencia regional de muy alta concentración, ha generado un altísimo
porcentaje de población urbana, llegando en nuestros días al orden del 80% en
América Latina y el Caribe[1].
Este es un factor muy importante en
las transformaciones urbanas de las ciudades junto a los condicionantes
económicos y sociales, pero no es el único. Se trata, en general, de ciudades
que forman parte de grandes megalópolis,
donde los límites administrativos son demarcaciones burocráticas pero no
reflejan el altísimo nivel de interconexión interna de la gran mancha.
Estas transformaciones implican desplazamientos en múltiples direcciones y
se traducen, en algunos casos en alta densificación; en otros en deterioro y
degradación. Hay nuevas prácticas, nuevas costumbres, traídas por los migrantes
a estos grandes núcleos absorbentes, y también hay trasformaciones culturales
por efecto de la globalización y gran impacto de las comunicaciones.
La interculturalidad y diversidad es uno de los efectos de este proceso y
ha encontrado nuevos significados y contenidos de lo urbano, de lo público y de
lo privado.
El rol que la comunidad le asigna al territorio donde habita, donde
trabaja, donde puede realizar actividades de esparcimiento, donde se expresa
políticamente, van marcando un modo de apropiación singular.
En la actividad residencial, aparecen los country suburbanos y los
condominios urbanos, intentando ofrecer cada vez más servicios dentro de sus
límites “seguros”, para que no sea necesario “salir afuera”. Esto va
trasformando los conceptos de ciudad, comunidad y, por supuesto, estimula una
modalidad de vínculos basados en conceptos cerrados y de homogeneidad.
En la actividad comercial, la aparición de las grandes infraestructuras
comerciales hace ya varios años que modificaron las modalidades de consumo, ya
que ofrecen no sólo bienes sino también actividades recreativas. Ir al Shopping
se convierte en un paseo en el que se pueden resolver múltiples necesidades
sintiéndose “seguro”.
No puede obviarse el impacto que generan todos estos cambios, traducidos en
múltiples desplazamientos y, como se trata de ámbitos de una envergadura cada
vez mayor, se producen concentraciones cada vez más masivas. El sistema
circulatorio urbano es poco flexible, no se pueden abrir o ensanchar calles con
facilidad, ni incrementar las redes subterráneas rápidamente, para responder a
las crecientes demandas para circular.
A este tema se suma la problemática que se plantea para cubrir los
requerimientos de estacionamiento, demanda creciente y a la vez problemática,
por las consecuencias que tiene en el
tejido urbano y en la sustitución del stock edilicio.
Finalmente, para complejizar aún más el panorama, se encuentra el
enmarañado sistema de jurisdicciones que resulta una traba permanente para
generar políticas públicas y ejecutar planes, a nivel de la gran metrópolis.
2. De zona central a zona
vulnerable y a atractivo turístico.
Los cascos históricos han transitado por diversas etapas en la evolución
urbana y en su valoración social. En los orígenes de una ciudad son el centro
en el que se desarrolla la mayor parte de las actividades vitales,
frecuentemente asiento de sedes políticas, administrativas y del poder
económico, social y cultural.
A medida que la ciudad crece, suele producirse un desplazamiento del eje de
expansión urbana, acompañado de un cambio en sus funciones originales, con ello,
la vitalidad empieza a desarrollarse en otras zonas de la ciudad. El riesgo es
que este sector urbano ,
rico en historia y en bienes de alto valor patrimonial, que mantiene su
ubicación central y una muy buena accesibilidad, a veces no puede evitar los
problemas de tugurización, falta de vitalidad y deterioro, la pérdida de valor
del suelo y de población (lo que se traduce en sustitución de pobladores).
Aún con las particularidades de cada caso, este recorrido se ha evidenciado
en muchas ciudades.
Por otro lado, la presión inmobiliaria condiciona negativamente las áreas históricas
porque resulta difícil resolver la ecuación valor potencial / valor patrimonial,
si sólo se la reduce a términos económicos crudos.
Cuando los centros históricos poseen un alto valor de centralidad corren el
riesgo de que los quieran trasformar demoliendo edificios para edificar con un
mayor aprovechamiento del suelo. Si no poseen un alto valor de centralidad,
corren el riesgo de no atraer inversiones y decaer hasta su tugurización.
Por otro lado, existen condicionantes respecto del tema de la red vehicular.
La típica traza reticulada y regular latinoamericana, a diferencia de los
trazados orgánicos e irregulares de las ciudades europeas, posee un grado de
inserción en el entramado general de la ciudad que a veces las perjudica a la
hora de protegerlas. El intenso tráfico aparece como una dificultad recurrente
en las áreas históricas. Este es un tema que requiere soluciones específicas
para el área, a la vez que globales en la red de tránsito de la ciudad,
permitiendo que los residentes mantengan niveles de accesibilidad altos, sin
que esto implique una utilización intensa de las vías de circulación, que deteriore el área.
Otro de los efectos singulares a considerar, que no se presenta
mayoritariamente pero existe en
algunas grandes ciudades -es el caso de Florianópolis y Montevideo- es el
cambio de rol de un sector de la
ciudad por efecto de desplazamiento abrupto de actividades, generalmente
centrales y administrativas o financieras, generando una abrumadora presencia
de stock vacante. Las implicancias de estos cambios de rol pueden dar lugar a
procesos de deterioro muy impactantes y difíciles de revertir, a menos que se
desarrollen como parte de una estrategia planificada continua, acompañadas de
inversiones sostenidas y de un trabajo de consenso bien articulado.
A menudo esta problemática se da en las zonas históricas porque, por sus
características particulares o por imposiciones culturales, se les reconocen
posibilidades acotadas de adaptación o trasformación a nuevos destinos, sobre
todo cuando se trata de actividades con un uso intenso de tecnología.
No es intensión de este documento analizar la conveniencia o no de impulsar,
desde las políticas públicas, este tipo de desplazamientos, pero sí considero
oportuno señalar que, cuando se plantean, se debe evitar que el desplazamiento
se produzca antes de articularse las modalidades de ocupación y el destino
futuro del sector.
No se debe perder de vista que cuando se habla de protección de un área no
hay que pensar sólo en lo edilicio o lo físico, sino también en las costumbres
y la gente que la habita.
Se trata además, de proteger conjuntos dentro de contextos,
porque la recuperación de ciertos paisajes urbanos, de grupos tipológicos que
marcan la evolución y evidencian modos de construcción, hábitos de uso y
aprovechamiento, se trasforma en testimonios que le otorgan un sentido para el
conjunto de la sociedad.
En las últimas décadas se avanzó en la concientización de la población,
sobre la importancia de las áreas históricas de la ciudad en la construcción de
memoria e identidad. Se plantea entonces, la necesidad de poner en valor estos
sectores urbanos, a través de proyectos en los que el Estado actúa de forma
directa, o establece normas para regular de forma indirecta, sobre el accionar privado.
Cuando estas acciones se implementan y el área se convierte en un lugar
atractivo, se genera una nueva problemática a resolver: evitar que se convierta
en un sector sin residentes, o bien evitar que las acciones impliquen la
expulsión indirecta de los pobladores.
Es así como, proteger sus características por ser elementos centrales en la
construcción de la identidad, resulta un desafío de cara a las múltiples
necesidades que el área plantea y el rol del Estado para poder llevar adelante
el duro equilibrio, nunca podrá resolverse bien si queda sólo en manos de las
reglas del mercado.
Las políticas sobre suelo a través de los instrumentos normativos aparecen
como adecuados mecanismos de regulación del mercado inmobiliario. Su correcta
aplicación es vital para proteger las áreas de valor patrimonial, pero al mismo
tiempo, deben ser acompañadas de acciones más directas que estimulen la
inversión y la vitalidad en el sector.
3. Sobre las potencialidades de
los cascos históricos.
El Casco Histórico es un sector
urbano muy particular dentro de la ciudad y no puede ser
escindido de ella. Las transformaciones urbanas impactan sobre las estructuras
existentes y demandan estudios que resuelvan las nuevas necesidades, sin que
ello implique la pérdida de identidad.
Se mencionaron anteriormente, los cambios de rol de los cascos históricos a
lo largo del tiempo y que mayoritariamente fueron los núcleos originales de
población, concentradoras de poder económico, social y político. Este rol, tan
significativo para la ciudad, se traduce en una alta concentración de
testimonios de la evolución de esa sociedad.
Se ha hablado de los aspectos vulnerables cuando no es factible
compatibilizar adecuadamente los factores que permitan la sostenibilidad y
vitalidad, con continuidad en el tiempo. Es momento de plantear entonces las
potencialidades, que se fundamentan y apoyan, en el reconocimiento de sus
características de un modo muy amplio, pero también requieren una especial
atención a los aspectos que la amenazan.
Es allí donde se debe recordar que la problemática de contexto, descripta
en la primera parte, tiene efectos sobre la gran metrópolis y sobre la ciudad,
ya que, si la zona histórica se encuentra en una etapa de gran vulnerabilidad,
será objeto de una invasión inmediata aprovechando su centralidad y stock
vacante, pero peligrando su sostenibilidad.
¿Cómo encarar la sostenibilidad de los cascos históricos y de su actividad
residencial?; ¿Cómo evitar la expulsión de la población existente al momento de
las intervenciones de puesta en valor?; ¿Cómo resolver la convivencia entre los residentes del área
y el turismo reduciendo los impactos?; Cómo gestionar la reconversión de
algunos usos?; ¿Cómo operar sobre el área sin poder actuar directamente sobre
los factores estructurales que impactan sobre el área?, son algunos de los interrogantes
que uno se podría plantear.
Posiblemente será objeto de opiniones diversas, pero entiendo que tender a
la diversidad de usos, de horarios en la que se desarrollan las actividades, de
usuarios y también la heterogeneidad de residentes, son algunos de los factores
que contribuyen a revertir la fragilidad. También lo es fortalecer la
identidad, mantener su carácter simbólico y sostener la actividad residencial y
costumbres barriales, aún cuando el sector se encuentre en área central, o
cuando deba absorber las demandas turísticas habituales en estos casos. Justamente
es ésta la situación que se plantea en Buenos Aires.
Por todos los factores mencionados oportunamente, el trabajo sobre la contención
social, al tiempo que se generan o impulsan intervenciones urbanas y edilicias,
es de vital importancia para generar
una política de inclusión, al tiempo que se debe buscar que las políticas
públicas se desplieguen
estratégicamente y actúen como reguladoras y disparadoras de acciones privadas.
Por otro lado hay que destacar que es importante que la protección del área
se logre mediante una modalidad que no descargue todas las obligaciones, ni en
los propietarios, ni en el Estado.
La responsabilidad sobre la gestión de los centros históricos debe ser
compartida entre todas las partes involucradas para que se impulse su
desarrollo, respetando la ciudad heredada. Se deben encontrar mecanismos y
herramientas de gestión que eviten la imposición. Hay
que actuar por consenso para tener mayores probabilidades de concreción. En
general, el trabajo con la comunidad, implica un camino más largo pero, por
contrapartida, genera un compromiso entre las partes que beneficia en el largo plazo.
La gente se apropia del proyecto y lo defiende. Esto, no sólo se lo trabaja
a través de la concientización, sino también, logrando que la continuidad sea
parte del proyecto. En este sentido hay
que contar con una adecuada legislación que acompañe estos procesos.
Las modalidades de gestión, por otro lado, deben adecuarse a los cambios
que se presentan –muchos de ellos, mencionados anteriormente, en forma somera-
y las estrategias de actuación deben ajustarse a ritmos de cambio, cada vez más
vertiginosos.
Los cascos históricos requieren políticas sostenidas, con planes que se
prolonguen en el tiempo, y si bien no existen fórmulas ni recetas que
garanticen resultados, tampoco se actúa sobre una realidad que admita la
improvisación.
Finalmente, cabe retomar la idea de que los cascos históricos no pueden
conservarse en una burbuja. No existe posibilidad de evitar que se reproduzcan
en ellos (a veces de forma aumentada) los problemas que devienen de cuestiones
sociales y económicas estructurales.
Generalmente no disponemos de los resortes para revertir esos procesos de
manera profunda. Pero esta realidad no puede desconocerse, y hay que ser
concientes del impacto que producen. Esto implica incorporarla a las políticas
específicas. No hacerlo, sería como intentar tapar el sol con la mano.
[1] Florencia Quesada Avendaño, "Imaginarios urbanos, espacio público y ciudad en América
Latina". Revista de la Cultura. Pensar
Iberoamérica. OEI para la Educación y la Cultura. N º 8. Abril-Junio
2006.
lunes, 3 de diciembre de 2012
EL MEJOR ARTE DEL ESPACIO PÚBLICO
Un equipo de arquitectos y artistas de todo el
país eligió, a pedido de Ñ, las obras imprescindibles a cielo abierto de la Argentina , con una
variable común a todas: el acceso libre y gratuito. Canto al Trabajo (Buenos
Aires) y Al Ejército de los Andes (Mendoza), a la cabeza de las preferencias.
POR MERCEDES PEREZ BERGLIAFFA
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Al centro o al
margen, pero siempre en la ciudad. Ahí es donde nacen las llamadas “obras de
arte en espacio público”. Desde grafitis hasta monumentos históricos, desde
edificios hasta murales, esculturas decorativas e intervenciones artísticas,
existen muchas tipologías y tienen diferencias amplias. Aquí tuvimos una
pequeña, reciente –y triste– época de oro para las intervenciones urbanas.
Ocurrió desde el 2001 hasta alrededor del 2007. Entonces, las calles hervían. Y
este tipo de obras, también. Desde entonces, la temperatura de las
intervenciones todavía no descendió: tiene altas y bajas.
Actualmente,
algunos más planificados que otros –no es lo mismo crear un monumento de 500
kilos que crear (intervenir) con aerosol una publicidad impresa sobre papel–,
el arte ubicado en el espacio público tiene una característica común: el acceso
libre y gratuito. Funciona, así, como recordatorio al paso. Como memorial
–snack urbano, de rápido bocado pero lenta digestión–. Sin embargo, algunas
obras llegan a cumplir una condición que otras no: algunas, con el tiempo y
gracias al pueblo –y a la apropiación que éste hace de estas obras–, llegan a
convertirse en patrimonio cultural.
Poniendo el
acento en la importancia de este tipo de obras de arte tan especial, Ñ consultó
a trece especialistas de todo el país, desde Misiones a Ushuaia, pidiéndoles
que eligieran los trabajos que, a su parecer, son los más representativos a
nivel nacional. Y las obras que seleccionaron fueron, en su mayoría,
monumentos, categoría a la que pertenecen las dos obras elegidas por los expertos
como la más destacadas en territorio nacional: Canto al Trabajo, de Rogelio
Yrurtia (Buenos Aires, 1907), y Monumento al Ejército de los Andes, de Juan
Manuel Ferrari (Mendoza, 1914).
“Monumentos
–dirá más tarde Marina Aguerre, historiadora del arte especializada en el tema–
esas obras que se diferencian de las esculturas por su carácter conmemorativo y
su fin predetermifuenado”. Por haber sido elegido por la mayoría de los
especialistas, entonces, es que surgen las preguntas. Cuando alguien dice “monumento”
inmediatamente aparece, en el imaginario general, la visión de un héroe a
caballo realizado en bronce. Pero parecería que los monumentos contemporáneos
ya no son así. ¿Qué diferencias existen?
“Durante mucho
tiempo se auguró el fin, la muerte del monumento conmemorativo –contesta
Aguerre–. Se decía que era un objeto que había tenido su sentido en una
determinada época, como en los siglos XIX o XX. Sin embargo, lo que se ve es
que, como objetos simbólicos, los monumentos contemporáneos siguen teniendo el
mismo carácter de conmemoración. Y hay otro fin que siguen manteniendo: el
pedagógico.
Por otra parte,
no hay que olvidar los recursos estéticos a los que se apelaron en los
distintos momentos: la escultura conmemorativa de fines del siglo XIX y principios
del siglo XX era absolutamente realista. Por lo tanto predetermimucho más
decodificable que estas obras contemporáneas abstractas, hechas con materiales
no necesariamente caros ni valorados en términos de su materialidad.
![]() |
| De los Españoles. A. Querol y otros, Buenos Aires, 1927 |
“Buenos Aires es
una ciudad que tiene muchísimas obras de arte en el espacio público –comenta
por su parte Silvia Fajre, arquitecta especializada en patrimonio y ex ministra
de Cultura de la Ciudad
de Buenos Aires– algunas de una calidad excepcional. Y conviven con dos
criterios: algunas fueron emplazadas desde un concepto de adorno o
embellecimiento de un lugar, dentro de una ciudad mucho más planificada,
como pasa con el monumento De los Españoles, por ejemplo. Hay otras obras de
arte que se instalaron posteriormente en el espacio público, que pasaron
a enriquecerlo, pero que no fueron pensadas de forma especial ni con tal fin,
como por ejemplo las obras que están en la Avenida 9 de Julio. Estas vienen como adición al
mensaje público existente, dado que la 9 de Julio nunca fue prevista como
un paseo de las esculturas”. ¿Quién decide qué obra va emplazada en
determinado lugar? “Quien decide qué obra y dónde, es un proceso no muy claro
–sigue Fajre–. Muchas veces es el resultado de circunstancias muy particulares,
como la donación de una obra, o la voluntad política de poner una obra en
determinado lugar. Pero este proceso que, justamente, debería ser muy aceitado,
no lo es. No existe un plan de localización de obras en el espacio público”.
¿Cómo distinguir
lo que merece ser recordado de lo que no, dentro del espacio público? “Lo que
merece ser recordado va mucho cargar de una serie de contenidos, en
función de que la gente lo elige como un ícono muy significativo. Y supongo que
lo eligen no sólo por su valor estético, sino porque ocupa un lugar estratégico
dentro de la ciudad, en el cual su mensaje cobra otra dimensión.”
“El Obelisco fue
una consecuencia de la decisión del espacio público, no fue generador del
espacio público –comenta por su parte el arquitecto Ramón Gutiérrez–. A los tres
meses de construido, el Concejo Deliberante decidió demolerlo. Lo votó. Pero el
presidente Justo determinó que, con menos de un año de vida, fuera monumento nacional. Y así se salvó el
Obelisco. A nadie hoy se le ocurriría demolerlo. Pero eso demuestra cómo el
problema de la apropiación patrimonial es un tema contextual, de época”.
Como resultado
del proyecto planteado por Ñ, otro tipo de obra resultó elegida por los
especialistas reiteradamente: los murales, una expresión importante en el arte
de espacio público de nuestro país. Como el realizado por el artista Pablo
Siquier en 2009, en el edificio Los Molinos de Puerto Madero, o el de Luis
Seoane, de 1960, en la sala Casacuberta del Teatro General San Martín, “un
mural que, más allá de sus extraordinarias dimensiones y tal como pasa con otros grandes murales de Buenos
Aires, corre el riesgo de pasar desapercibido como un motivo más de decoración,
por la disposición de los elementos de la arquitectura”, dice sobre él el
artista Eduardo Stupía, uno de los consultados. El tercer mural que resultó
elegido por los especialistas fue el del edificio de Correos de Ushuaia.
No sorprende que
la pintura mural haya llamado la atención de varios de los consultados, en
regiones tan diferentes, dado que la Argentina existe una interesante tradición
de pintores muralistas, como los del Taller de arte mural, formado por Antonio
Berni, Juan C. Castagnino, Lino E. Spilimbergo y Demetrio Urruchúa –quienes,
junto con Manuel Colmeira Guimaraes, pintaron, en 1946, los murales de las
Galerías Pacífico–.
También son
importantes los murales de la escuela-taller de Benito Quinquela Martín en La Boca (1936), los murales en
mayólica que aparecen en las estaciones de subte de Buenos Aires, realizados
muchos de ellos durante la década de 1930, reproduciendo obras de artistas
ya conocidos; los frescos de Castagnino, Policastro y Urruchúa en la
galería San José del barrio de Flores (1956); los frescos de Battle
Planas, Leopoldo Presas, Leopoldo Torres Agüero, Getrudis Chale, Noemí
Gerstein y Raúl Soldi de la galería Santa Fe, en Recoleta (1954-56); los más de
30 murales de la ciudad de Corrientes, realizados por el grupo Arte ahora
(1980-1990).
Aunque, claro,
de todos ellos, sólo los de Corrientes se ubican en la calle. Y también
los realizados recientemente por camadas de artistas jóvenes, con técnicas
alternativas y de permanencia efímera. ¿La coincidencia de unos y otros?
Su voluntad de libre acceso y participación, una voluntad activa, dinámica.
Generadora. Un estímulo al diálogo. Como lo es la misma calle, escenario y
paraíso del arte público.
Artículo publicado en la Revista Ñ, el 23 de noviembre de 2012
(Leer completo en: El mejor arte del espacio público)
lunes, 12 de noviembre de 2012
martes, 6 de noviembre de 2012
USINA DE LA MÚSICA (HOY, USINA DE LAS ARTES)
![]() |
| Fuente: es.wikipedia.org |
La obra
aloja el Auditorio de la ciudad de Buenos Aires en los 8.500 m2 cubiertos de la
vieja usina de la Ítalo en la
Boca , edificio emblemático de alto valor patrimonial. Su proyecto
y las obras comprendidas entre 2001 y 2007 fueron realizados en la oficina de
Infraestructura del Ministerio de Cultura del GCBA bajo la dirección del Dr.
Arq. Álvaro Arrese, contando con el apoyo de calificados especialistas. En 2001
comenzó la rehabilitación del edificio anexo, asignado actualmente al Museo del
Cine, y en 2007 las correspondientes a los dos auditorios, inaugurándose el
mayor en 2012. La sala de música de cámara, sectores del hall de público,
medios de ascenso mecánico y otras dependencias menores se encuentran en realización.
Obtuvo el Primer Premio CICOP 21012
a la mejor intervención en un edificio de valor
patrimonial mayor a 1.000
m2 y el Premio Bienal SCA CPAU.
martes, 23 de octubre de 2012
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