lunes, 22 de julio de 2013

CULTURA E IDENTIDAD

El riquísimo valor simbólico, arquitectónico e histórico de Buenos Aires, la recuperación de áreas centrales y la búsqueda de la cohesión social, son los ejes de esta charla.


Por Ivana Costa


Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com

¿Por qué las ciudades fueron tan importantes en la historia de la humanidad? Porque fueron nodos de intercambio, capaces de generar el encuentro de personas, el intercambio de bienes y saberes, lo que propició su crecimiento y el despegue del ámbito rural. Las ciudades siempre han sido nodos de intercambio; cuando ese nodo supera lo meramente fáctico –el vínculo comercial– se está en condiciones de incorporar la cultura del otro, articular lo diverso y sumar nuevo conocimiento.” Desde la perspectiva de la arquitecta Silvia Fajre, es la cultura, “la articulación de la diversidad”, la que da su estatuto privilegiado a la ciudad y no viceversa. Esa convicción no deja de ser una aspiración más vasta: “En un mundo de grandes diferencias, el mundo de la cultura podría ser un idioma común”.
Arquitecta, especializada en planificación urbana, Fajre se desempeñó por décadas en el ámbito estatal: fue subsecretaria de Planeamiento y la primera subsecretaria de Patrimonio Cultural antes de asumir como Ministra de Cultura (entre 2006 y 2008). Hoy, además de dedicarse a la docencia en diversas universidades, dirige una consultora “cuyo campo de actuación es la interfase de Cultura y Territorio”.
¿De qué manera el territorio pasa a ser una variable a considerar por la gestión cultural?

La idea es que determinados tesoros que existen en un territorio puestos a hacer sinergia revelan una fortaleza increíble. Hay áreas que tienen una enorme densidad patrimonial y dinámica creativa, que cargan valor simbólico, arquitectónico, histórico; todo esto combinado se vuelve un fuerte imán. Actividades como Estudio Abierto –en la que los artistas de una zona, como San Telmo, abrían las puertas de sus casas, talleres y galerías de arte– dan visibilidad a un territorio, muestran y potencian su caudal cultural.
En Buenos Aires, ciudad de gran afluencia turística, ¿cómo planificar cultura que conforme al mercado local y al visitante?

En Buenos Aires, la cultura es un rasgo distintivo. No muchas ciudades del mundo pueden mostrar esta enorme diversidad de oferta cultural. El urbanista Toni Puig dice que Berlín, París, Nueva York y Buenos Aires son las ciudades con mayor oferta cultural, por su variedad y calidad. Nosotros estamos tan inmersos en esta oferta que muchas veces no nos damos cuenta, o no nos parece extraordinaria; pero lo es. Buenos Aires tiene una combinación de equipamientos culturales muy visible, una capacidad creativa enorme y un público ávido de consumir cultura. A veces pienso que la sucesión de crisis que hemos vivido revelaron la fortaleza de la cultura. En el 2001, la cultura fue un refugio, un baluarte de identidad para una sociedad que sentía que su país se rompía en pedazos. Lamentablemente, creo que hoy no se reconoce ese motor.
En las últimas décadas hubo una manifiesta fragmentación de la ciudad. ¿Cómo afecta esto a un proyecto de cultura?

Hubo un crecimiento geométrico de los asentamientos urbanos y hoy cerca de un tercio de la población del país habita en el área metropolitana. Aun así, al movimiento de suburbanización se le opone hoy una tendencia a la recuperación de las áreas centrales, que es todavía tibia en la Argentina, pero muy fuerte en otros países. Se la considera una opción más sostenible, porque la expansión suburbana consume territorios, energía y tiempo. Recuperando las áreas centrales no sólo se vuelven las ciudades más sostenibles, sino que se retoma la esencia de la ciudad, que es el intercambio, la relación con el otro. Si esto no se da no tenemos ciudad, sino un mero conjunto de edificios. Por ser capaz de reunir colectivos muy distintos en edad, actividad, origen social e intereses, la cultura debe ponerse como objetivo propiciar el encuentro de los distintos grupos sociales, ser espacio de articulación y cohesión.
Las políticas tendientes a volver más cohesionados a los diversos fragmentos de la ciudad no parecen muy activas.

Me animaría a decir que sí hay muchas cosas que se han hecho, pero son insuficientes, en la medida en que deba pensarse otro modelo de desarrollo. No es cuestión de buscar respuestas cada vez más sofisticadas desde el punto de vista tecnológico. Tal vez haya que repensar lo urbano en relación al territorio y a las inequidades sociales y culturales que en él se dan. Creo que la cultura y la educación son las mejores cartas que tenemos para favorecer la cohesión social. La educación, a largo plazo; la cultura, a corto plazo. Es cierto que puede darse inclusión a través del empleo, pero la inclusión no genera necesariamente cohesión social.
¿Cómo se piensan políticas desde el eje cultura-territorio?

Las actividades culturales tienen una localización territorial. Muchas veces, aisladas no tienen tanta relevancia, pero si uno las vincula por proximidad territorial obtiene un circuito patrimonial y cultural. En San Telmo hay un circuito de valor patrimonial, más 18 museos, más varias galerías de arte. Enfocar el territorio puede llegar a dar mucho más atractivo a las políticas culturales que si se trabajan en forma independiente. Uno puede trabajar puntos aislados, como el Museo Nacional de Bellas Artes, que tiene gran peso gravitacional, pero si se coordinan acciones del MNBA, el Palais de Glace y el Centro Cultural Recoleta, todo junto tiene mayor fortaleza que cada uno en forma independiente. Al armar una red territorial, se produce una atracción por acumulación y es el territorio el que convoca. Así se desarrollan los polos gastronómicos, por ejemplo, donde el territorio mismo se convierte en atractivo. La cultura funciona de la misma manera.
La planificación articulada en red se opone a la idea de cultura ministerial. ¿Cuánto pesa la burocratización de la cultura en Buenos Aires?

El potencial cultural de una ciudad no está en las oficinas de su gestión sino en el talento y la creatividad de su gente. Una gestión cultural debe movilizar sus recursos y capacidades técnicas para apuntalar el desarrollo y facilitar la fuerza creativa que la sociedad tiene, pero no creo en la cultura oficial que baja del ministerio hacia la población. Esa es una visión superada. No creo en los procesos de democratización de la cultura, porque implica suponer que alguien tiene la cultura y se la entrega a la gente. La gente, los artistas, ya son la parte más importante de la construcción cultural. El Estado debe actuar estratégicamente en ese sentido: fortaleciendo la calidad artística, con infraestructura que cobije ese talento, movilizando la red cultural, facilitando la creatividad.
¿Piensa que el espacio público es hoy lugar de disputas –pienso en las batallas en pro y en contra del enrejado de los parques—más que de cohesión?

Es cierto que hoy parece ser un lugar de disputa, pero cuando logremos revertirlo y recuperar el espacio público, vamos a tener una ciudad habitable, amigable, vinculante. La ciudadanía debe recuperar activamente el espacio público, con propuestas inclusivas, articuladoras. En cuanto al caso de los parques, voy a confesar que he sido la más acérrima detractora de las rejas en espacios públicos; sin embargo, tengo que aceptar mi derrota. El uso vandálico del espacio público volvió en muchos casos necesarias a las rejas, cosa que no me gusta admitir. Pero así como hay vandalismo, hay afecto y reconocimiento por la ciudad. Por ejemplo, mi experiencia me dice que en cada barrio la gente identifica su patrimonio, sabe qué es lo que la representa y lo defiende. Muchas veces, los vecinos señalaban cosas que los mismos técnicos que trabajaban en patrimonio desconocían. La gente elige su patrimonio y elige protegerlo.

Entrevista publicada en Revista Ñ, Diario Clarín, el día 04/07/2013 

jueves, 14 de febrero de 2013

“LOS CENTROS HISTÓRICOS Y LAS TRANSFORMACIONES URBANAS





por Arq. Andrea Cerletti


La dinámica urbana imprime al desarrollo de la ciudad una impronta que va conformando, respecto de la urbe original, nuevas centralidades, interconexiones, desconexiones, sobre explotación de algunas áreas y pérdida de vitalidad de otras. Todos estos procesos son consecuencia de esa dinámica y producen efectos sobre los componentes sociales, económicos  y culturales. Están presentes en la conformación territorial y deben ser considerados cuando se estudia la evolución urbana, la aparición de nuevas centralidades y la redefinición de roles de las áreas existentes.
 Por su parte, los centros históricos cumplen una función local y extralocal, sus actividades predominantes se van modificando a lo largo de la historia y por lo tanto, también su rol en la ciudad. Los factores de contexto son determinantes en esa transformación.
Esto implica hacer un reconocimiento estructural de la problemática para adaptarse a esas transformaciones y permitir, a través de las acciones directas e indirectas, acompañar dichos procesos, permitiendo que estas áreas mantengan su identidad y se adecuen al nuevo rol sin perder vitalidad.

1.            Contexto. Paradojas de la modernidad.

Los avances tecnológicos y la gran dinámica de las comunicaciones han interconectado nuestro mundo de una manera impensada algunas décadas atrás. Pero con ellas se han profundizado los efectos de la penetración cultural y la pérdida de algunos rasgos identitarios. Esto por supuesto, que se agudiza en los países que se encontraban menos preparados para absorberlos.
Los procesos económicos mundiales se han fortalecido en mecanismos que potencian a aquellos países más desarrollados y marginan cada vez más a los que no lo son, y la brecha es cada vez más profunda. La alta concentración de capitales y el poder de los estamentos financieros para la generación de políticas a nivel mundial han dejado su impronta y, a pesar de no mostrar su eficacia, están cada vez más consolidados. El mismo proceso, se da al interior de las regiones continentales y también al interior de los países.
La última crisis económica mundial no hizo más que evidenciar el efecto profundo que ambos procesos, el de la globalización y el de las diferencias económicas entre países -incluidas  regiones continentales-, generan en aquellas sociedades más vulnerables.
Los efectos de todo este proceso que ha comenzado hace varias décadas pero que sigue en expansión, se manifiestan en todos los órdenes y están caracterizados por la expulsión masiva de población, del sistema. La opulencia desmesurada y la pobreza extrema son las dos caras de una misma moneda. La marginación, la violencia, la inseguridad, el enfrentamiento, la intolerancia, la indiferencia, el enajenamiento aparecen como síntomas y en esto, sólo en esto, ya no hay diferencias entre quienes viven en países desarrollados o en países pobres.
Los efectos sociales y culturales de este proceso mundial aparecen en nuestras ciudades siguiendo las mismas lógicas, pero con procesos cada vez más acelerados. Los desplazamientos de población no reconocen fronteras ni barreras legales, pues imperan las necesidades básicas ante todo.
El crecimiento demográfico en ciudades por migración interna, que son eco de una tendencia regional de muy alta concentración, ha generado un altísimo porcentaje de población urbana, llegando en nuestros días al orden del 80% en América Latina y el Caribe[1]. Este es un factor muy importante en las transformaciones urbanas de las ciudades junto a los condicionantes económicos y sociales, pero no es el único. Se trata, en general, de ciudades que forman  parte de grandes megalópolis, donde los límites administrativos son demarcaciones burocráticas pero no reflejan el altísimo nivel de interconexión interna de la gran mancha.
Estas transformaciones implican desplazamientos en múltiples direcciones y se traducen, en algunos casos en alta densificación; en otros en deterioro y degradación. Hay nuevas prácticas, nuevas costumbres, traídas por los migrantes a estos grandes núcleos absorbentes, y también hay trasformaciones culturales por efecto de la globalización y gran impacto de las comunicaciones.
La interculturalidad y diversidad es uno de los efectos de este proceso y ha encontrado nuevos significados y contenidos de lo urbano, de lo público y de lo privado.
El rol que la comunidad le asigna al territorio donde habita, donde trabaja, donde puede realizar actividades de esparcimiento, donde se expresa políticamente, van marcando un modo de apropiación singular.
En la actividad residencial, aparecen los country suburbanos y los condominios urbanos, intentando ofrecer cada vez más servicios dentro de sus límites “seguros”, para que no sea necesario “salir afuera”. Esto va trasformando los conceptos de ciudad, comunidad y, por supuesto, estimula una modalidad de vínculos basados en conceptos cerrados y de homogeneidad.
En la actividad comercial, la aparición de las grandes infraestructuras comerciales hace ya varios años que modificaron las modalidades de consumo, ya que ofrecen no sólo bienes sino también actividades recreativas. Ir al Shopping se convierte en un paseo en el que se pueden resolver múltiples necesidades sintiéndose “seguro”.
No puede obviarse el impacto que generan todos estos cambios, traducidos en múltiples desplazamientos y, como se trata de ámbitos de una envergadura cada vez mayor, se producen concentraciones cada vez más masivas. El sistema circulatorio urbano es poco flexible, no se pueden abrir o ensanchar calles con facilidad, ni incrementar las redes subterráneas rápidamente, para responder a las crecientes demandas para circular.
A este tema se suma la problemática que se plantea para cubrir los requerimientos de estacionamiento, demanda creciente y a la vez problemática, por las consecuencias que tiene     en el tejido urbano y en la sustitución del stock edilicio.
Finalmente, para complejizar aún más el panorama, se encuentra el enmarañado sistema de jurisdicciones que resulta una traba permanente para generar políticas públicas y ejecutar planes, a nivel de la gran metrópolis.


2. De zona central a zona vulnerable y a atractivo turístico.
   
Los cascos históricos han transitado por diversas etapas en la evolución urbana y en su valoración social. En los orígenes de una ciudad son el centro en el que se desarrolla la mayor parte de las actividades vitales, frecuentemente asiento de sedes políticas, administrativas y del poder económico, social y cultural.
A medida que la ciudad crece, suele producirse un desplazamiento del eje de expansión urbana, acompañado de un cambio en sus funciones originales, con ello, la vitalidad empieza a desarrollarse en otras zonas de la ciudad. El riesgo es que este sector urbano, rico en historia y en bienes de alto valor patrimonial, que mantiene su ubicación central y una muy buena accesibilidad, a veces no puede evitar los problemas de tugurización, falta de vitalidad y deterioro, la pérdida de valor del suelo y de población (lo que se traduce en sustitución de pobladores).
Aún con las particularidades de cada caso, este recorrido se ha evidenciado en muchas ciudades.                                              
Por otro lado, la presión inmobiliaria condiciona negativamente las áreas históricas porque resulta difícil resolver la ecuación valor potencial / valor patrimonial, si sólo se la reduce a términos económicos crudos. 
Cuando los centros históricos poseen un alto valor de centralidad corren el riesgo de que los quieran trasformar demoliendo edificios para edificar con un mayor aprovechamiento del suelo.   Si no poseen un alto valor de centralidad, corren el riesgo de no atraer inversiones y decaer   hasta su tugurización.
Por otro lado, existen condicionantes respecto del tema de la red vehicular. La típica traza reticulada y regular latinoamericana, a diferencia de los trazados orgánicos e irregulares de las ciudades europeas, posee un grado de inserción en el entramado general de la ciudad que a veces las perjudica a la hora de protegerlas. El intenso tráfico aparece como una dificultad recurrente en las áreas históricas. Este es un tema que requiere soluciones específicas para el área, a la vez que globales en la red de tránsito de la ciudad, permitiendo que los residentes mantengan niveles de accesibilidad altos, sin que esto implique una utilización intensa de las   vías de circulación, que deteriore el área.
Otro de los efectos singulares a considerar, que no se presenta mayoritariamente pero existe en algunas grandes ciudades -es el caso de Florianópolis y Montevideo- es el cambio de rol de    un sector de la ciudad por efecto de desplazamiento abrupto de actividades, generalmente centrales y administrativas o financieras, generando una abrumadora presencia de stock vacante. Las implicancias de estos cambios de rol pueden dar lugar a procesos de deterioro muy impactantes y difíciles de revertir, a menos que se desarrollen como parte de una estrategia planificada continua, acompañadas de inversiones sostenidas y de un trabajo de consenso bien articulado.
A menudo esta problemática se da en las zonas históricas porque, por sus características particulares o por imposiciones culturales, se les reconocen posibilidades acotadas de adaptación o trasformación a nuevos destinos, sobre todo cuando se trata de actividades con un uso intenso de tecnología.
No es intensión de este documento analizar la conveniencia o no de impulsar, desde las políticas públicas, este tipo de desplazamientos, pero sí considero oportuno señalar que, cuando se plantean, se debe evitar que el desplazamiento se produzca antes de articularse las modalidades de ocupación y el destino futuro del sector.
No se debe perder de vista que cuando se habla de protección de un área no hay que pensar sólo en lo edilicio o lo físico, sino también en las costumbres y la gente que la habita. Se trata además, de proteger conjuntos dentro de contextos, porque la recuperación de ciertos paisajes urbanos, de grupos tipológicos que marcan la evolución y evidencian modos de construcción, hábitos de uso y aprovechamiento, se trasforma en testimonios que le otorgan un sentido para el conjunto de la sociedad.
En las últimas décadas se avanzó en la concientización de la población, sobre la importancia de las áreas históricas de la ciudad en la construcción de memoria e identidad. Se plantea entonces, la necesidad de poner en valor estos sectores urbanos, a través de proyectos en los que el Estado actúa de forma directa, o establece normas para regular de forma indirecta, sobre el accionar privado.
Cuando estas acciones se implementan y el área se convierte en un lugar atractivo, se genera una nueva problemática a resolver: evitar que se convierta en un sector sin residentes, o bien evitar que las acciones impliquen la expulsión indirecta de los pobladores.  
Es así como, proteger sus características por ser elementos centrales en la construcción de la identidad, resulta un desafío de cara a las múltiples necesidades que el área plantea y el rol del Estado para poder llevar adelante el duro equilibrio, nunca podrá resolverse bien si queda sólo en manos de las reglas del mercado.
Las políticas sobre suelo a través de los instrumentos normativos aparecen como adecuados mecanismos de regulación del mercado inmobiliario. Su correcta aplicación es vital para proteger las áreas de valor patrimonial, pero al mismo tiempo, deben ser acompañadas de acciones más directas que estimulen la inversión y la vitalidad en el sector.




3. Sobre las potencialidades de los cascos históricos.

El Casco Histórico es un sector urbano muy particular dentro de la ciudad y no puede ser escindido de ella. Las transformaciones urbanas impactan sobre las estructuras existentes y demandan estudios que resuelvan las nuevas necesidades, sin que ello implique la pérdida de identidad.
Se mencionaron anteriormente, los cambios de rol de los cascos históricos a lo largo del tiempo y que mayoritariamente fueron los núcleos originales de población, concentradoras de poder económico, social y político. Este rol, tan significativo para la ciudad, se traduce en una alta concentración de testimonios de la evolución de esa sociedad.
Se ha hablado de los aspectos vulnerables cuando no es factible compatibilizar adecuadamente los factores que permitan la sostenibilidad y vitalidad, con continuidad en el tiempo. Es momento de plantear entonces las potencialidades, que se fundamentan y apoyan, en el reconocimiento de sus características de un modo muy amplio, pero también requieren una especial atención a los aspectos que la amenazan.
Es allí donde se debe recordar que la problemática de contexto, descripta en la primera parte, tiene efectos sobre la gran metrópolis y sobre la ciudad, ya que, si la zona histórica se encuentra en una etapa de gran vulnerabilidad, será objeto de una invasión inmediata aprovechando su centralidad y stock vacante, pero peligrando su sostenibilidad.
¿Cómo encarar la sostenibilidad de los cascos históricos y de su actividad residencial?; ¿Cómo evitar la expulsión de la población existente al momento de las intervenciones de puesta en valor?; ¿Cómo resolver  la convivencia entre los residentes del área y el turismo reduciendo los impactos?; Cómo gestionar la reconversión de algunos usos?; ¿Cómo operar sobre el área sin poder actuar directamente sobre los factores estructurales que impactan sobre el área?, son algunos de los interrogantes que uno se podría plantear.
Posiblemente será objeto de opiniones diversas, pero entiendo que tender a la diversidad de usos, de horarios en la que se desarrollan las actividades, de usuarios y también la heterogeneidad de residentes, son algunos de los factores que contribuyen a revertir la fragilidad. También lo es fortalecer la identidad, mantener su carácter simbólico y sostener la actividad residencial y costumbres barriales, aún cuando el sector se encuentre en área central, o cuando deba absorber las demandas turísticas habituales en estos casos. Justamente es ésta la situación que se plantea en Buenos Aires.
Por todos los factores mencionados oportunamente, el trabajo sobre la contención social, al tiempo que se generan o impulsan intervenciones urbanas y edilicias, es de vital importancia    para generar una política de inclusión, al tiempo que se debe buscar que las políticas públicas    se desplieguen estratégicamente y actúen como reguladoras y disparadoras de acciones privadas.
Por otro lado hay que destacar que es importante que la protección del área se logre mediante una modalidad que no descargue todas las obligaciones, ni en los propietarios, ni en el Estado.
La responsabilidad sobre la gestión de los centros históricos debe ser compartida entre todas las partes involucradas para que se impulse su desarrollo, respetando la ciudad heredada. Se deben encontrar mecanismos y herramientas de gestión que eviten la imposición. Hay que actuar por consenso para tener mayores probabilidades de concreción. En general, el trabajo con la comunidad, implica un camino más largo pero, por contrapartida, genera un compromiso entre    las partes que beneficia en el largo plazo.
La gente se apropia del proyecto y lo defiende. Esto, no sólo se lo trabaja a través de la concientización, sino también, logrando que la continuidad sea parte del proyecto. En este   sentido hay que contar con una adecuada legislación que acompañe estos procesos.
Las modalidades de gestión, por otro lado, deben adecuarse a los cambios que se presentan –muchos de ellos, mencionados anteriormente, en forma somera- y las estrategias de actuación deben ajustarse a ritmos de cambio, cada vez más vertiginosos.
Los cascos históricos requieren políticas sostenidas, con planes que se prolonguen en el tiempo, y si bien no existen fórmulas ni recetas que garanticen resultados, tampoco se actúa sobre una realidad que admita la improvisación.
Finalmente, cabe retomar la idea de que los cascos históricos no pueden conservarse en una burbuja. No existe posibilidad de evitar que se reproduzcan en ellos (a veces de forma aumentada) los problemas que devienen de cuestiones sociales y económicas estructurales.
Generalmente no disponemos de los resortes para revertir esos procesos de manera profunda. Pero esta realidad no puede desconocerse, y hay que ser concientes del impacto que producen. Esto implica incorporarla a las políticas específicas. No hacerlo, sería como intentar tapar el sol con la mano.




[1] Florencia Quesada Avendaño, "Imaginarios urbanos, espacio público y ciudad en América Latina". Revista de la Cultura. Pensar Iberoamérica. OEI para la Educación y la Cultura. Nº 8. Abril-Junio 2006.


lunes, 3 de diciembre de 2012

EL MEJOR ARTE DEL ESPACIO PÚBLICO


Un equipo de arquitectos y artistas de todo el país eligió, a pedido de Ñ, las obras imprescindibles a cielo abierto de la Argentina, con una variable común a todas: el acceso libre y gratuito. Canto al Trabajo (Buenos Aires) y Al Ejército de los Andes (Mendoza), a la cabeza de las preferencias.
POR MERCEDES PEREZ BERGLIAFFA

 Fuente Las Nereidas. Lola Mora, Buenos Aires, 1903.
Al centro o al margen, pero siempre en la ciudad. Ahí es donde nacen las llamadas “obras de arte en espacio público”. Desde grafitis hasta monumentos históricos, desde edificios hasta murales, esculturas decorativas e intervenciones artísticas, existen muchas tipologías y tienen diferencias amplias. Aquí tuvimos una pequeña, reciente –y triste– época de oro para las intervenciones urbanas. Ocurrió desde el 2001 hasta alrededor del 2007. Entonces, las calles hervían. Y este tipo de obras, también. Desde entonces, la temperatura de las intervenciones todavía no descendió: tiene altas y bajas.
Actualmente, algunos más planificados que otros –no es lo mismo crear un monumento de 500 kilos que crear (intervenir) con aerosol una publicidad impresa sobre papel–, el arte ubicado en el espacio público tiene una característica común: el acceso libre y gratuito. Funciona, así, como recordatorio al paso. Como memorial –snack urbano, de rápido bocado pero lenta digestión–. Sin embargo, algunas obras llegan a cumplir una condición que otras no: algunas, con el tiempo y gracias al pueblo –y a la apropiación que éste hace de estas obras–, llegan a convertirse en patrimonio cultural.
Poniendo el acento en la importancia de este tipo de obras de arte tan especial, Ñ consultó a trece especialistas de todo el país, desde Misiones a Ushuaia, pidiéndoles que eligieran los trabajos que, a su parecer, son los más representativos a nivel nacional. Y las obras que seleccionaron  fueron, en su mayoría, monumentos, categoría a la que pertenecen las dos obras elegidas por los expertos como la más destacadas en territorio nacional: Canto al Trabajo, de Rogelio Yrurtia (Buenos Aires, 1907), y Monumento al Ejército de los Andes, de Juan Manuel Ferrari (Mendoza, 1914).
“Monumentos –dirá más tarde Marina Aguerre, historiadora del arte especializada en el tema– esas obras que se diferencian de las esculturas por su carácter conmemorativo y su fin predetermifuenado”. Por haber sido elegido por la mayoría de los especialistas, entonces, es que surgen las preguntas. Cuando alguien dice “monumento” inmediatamente aparece, en el imaginario general, la visión de un héroe a caballo realizado en bronce. Pero parecería que los monumentos contemporáneos ya no son así. ¿Qué diferencias existen?
“Durante mucho tiempo se auguró el fin, la muerte del monumento conmemorativo –contesta Aguerre–. Se decía que era un objeto que había  tenido su sentido en una determinada época, como en los siglos XIX o XX. Sin embargo, lo que se ve es que, como objetos simbólicos, los monumentos contemporáneos siguen teniendo el mismo carácter de conmemoración. Y hay otro fin que siguen manteniendo: el pedagógico.
Por otra parte, no hay que olvidar los recursos estéticos a los que se apelaron en los distintos momentos: la escultura conmemorativa de fines del siglo XIX y principios del siglo XX era absolutamente realista. Por lo tanto predetermimucho más decodificable que estas obras contemporáneas abstractas, hechas con materiales no necesariamente caros ni valorados en términos de su materialidad.

De los Españoles. A. Querol y otros, Buenos Aires, 1927
“Buenos Aires es una ciudad que tiene muchísimas obras de arte en el espacio público –comenta por su parte Silvia Fajre, arquitecta especializada en patrimonio y ex ministra de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires– algunas de una calidad excepcional. Y conviven con dos criterios: algunas fueron emplazadas desde un concepto de adorno o embellecimiento de un lugar, dentro de una ciudad mucho más  planificada, como pasa con el monumento De los Españoles, por ejemplo. Hay otras obras de arte que se instalaron posteriormente en el  espacio público, que pasaron a enriquecerlo, pero que no fueron pensadas de forma especial ni con tal fin, como por ejemplo las obras que están en la Avenida 9 de Julio. Estas vienen como adición al mensaje público existente, dado que la 9 de Julio nunca fue prevista como un  paseo de las esculturas”. ¿Quién decide qué obra va emplazada en determinado lugar? “Quien decide qué obra y dónde, es un proceso no muy claro –sigue Fajre–. Muchas veces es el resultado de circunstancias muy particulares, como la donación de una obra, o la voluntad política de  poner una obra en determinado lugar. Pero este proceso que, justamente, debería ser muy aceitado, no lo es. No existe un plan de localización de obras en el espacio público”.
¿Cómo distinguir lo que merece ser recordado de lo que no, dentro del espacio público? “Lo que merece ser recordado va mucho cargar de una  serie de contenidos, en función de que la gente lo elige como un ícono muy significativo. Y supongo que lo eligen no sólo por su valor estético, sino porque ocupa un lugar estratégico dentro de la ciudad, en el cual su mensaje cobra otra dimensión.”
“El Obelisco fue una consecuencia de la decisión del espacio público, no fue generador del espacio público –comenta por su parte el arquitecto Ramón Gutiérrez–. A los tres meses de construido, el Concejo Deliberante decidió demolerlo. Lo votó. Pero el presidente Justo determinó que, con menos de un año de vida, fuera monumento nacional. Y así se salvó el Obelisco. A nadie hoy se le ocurriría demolerlo. Pero eso demuestra cómo el problema de la apropiación patrimonial es un tema contextual, de época”.
Como resultado del proyecto planteado por Ñ, otro tipo de obra resultó elegida por los especialistas reiteradamente: los murales, una expresión importante en el arte de espacio público de nuestro país. Como el realizado por el artista Pablo Siquier en 2009, en el edificio Los Molinos de Puerto Madero, o el de Luis Seoane, de 1960, en la sala Casacuberta del Teatro General San Martín, “un mural que, más allá de sus extraordinarias dimensiones y tal como pasa con otros grandes murales de Buenos Aires, corre el riesgo de pasar desapercibido como un motivo más de decoración, por la disposición de los elementos de la arquitectura”, dice sobre él el artista Eduardo Stupía, uno de los consultados. El tercer mural que resultó elegido por los especialistas fue el del edificio de Correos de Ushuaia.
No sorprende que la pintura mural haya llamado la atención de varios de los consultados, en regiones tan diferentes, dado que la Argentina  existe una interesante tradición de pintores muralistas, como los del Taller de arte mural, formado por Antonio Berni, Juan C. Castagnino, Lino E. Spilimbergo y Demetrio Urruchúa –quienes, junto con Manuel Colmeira Guimaraes, pintaron, en 1946, los murales de las Galerías Pacífico–.
También son importantes los murales de la escuela-taller de Benito Quinquela Martín en La Boca (1936), los murales en mayólica que aparecen en las estaciones de subte de Buenos Aires, realizados muchos de ellos durante la década de 1930, reproduciendo obras de artistas ya  conocidos; los frescos de Castagnino, Policastro y Urruchúa en la galería San José del barrio de Flores (1956); los frescos de Battle Planas,  Leopoldo Presas, Leopoldo Torres Agüero, Getrudis Chale, Noemí Gerstein y Raúl Soldi de la galería Santa Fe, en Recoleta (1954-56); los más de 30 murales de la ciudad de Corrientes, realizados por el grupo Arte ahora (1980-1990).
Aunque, claro, de todos ellos, sólo los de Corrientes  se ubican en la calle. Y también los realizados recientemente por camadas de artistas jóvenes, con técnicas alternativas y de permanencia  efímera. ¿La coincidencia de unos y otros? Su voluntad de libre acceso y participación, una voluntad activa, dinámica. Generadora. Un estímulo al diálogo. Como lo es la misma calle, escenario y paraíso del arte público. 

Artículo publicado en la Revista Ñ, el 23 de noviembre de 2012

martes, 6 de noviembre de 2012

USINA DE LA MÚSICA (HOY, USINA DE LAS ARTES)





Fuente: es.wikipedia.org


La obra aloja el Auditorio de la ciudad de Buenos Aires en los 8.500 m2 cubiertos de la vieja usina de la Ítalo en la Boca, edificio emblemático de alto valor patrimonial. Su proyecto y las obras comprendidas entre 2001 y 2007 fueron realizados en la oficina de Infraestructura del Ministerio de Cultura del GCBA bajo la dirección del Dr. Arq. Álvaro Arrese, contando con el apoyo de calificados especialistas. En 2001 comenzó la rehabilitación del edificio anexo, asignado actualmente al Museo del Cine, y en 2007 las correspondientes a los dos auditorios, inaugurándose el mayor en 2012. La sala de música de cámara, sectores del hall de público, medios de ascenso mecánico y otras dependencias menores se encuentran en realización. Obtuvo el Primer Premio CICOP 21012 a la mejor intervención en un edificio de valor patrimonial mayor a 1.000 m2 y el Premio Bienal SCA CPAU.